Hace unos días viajamos a Israel en el marco de nuestro proyecto de diversificación de cultivos YVY. El objetivo era concreto: entender si el sésamo puede ser una alternativa real para nuestros sistemas productivos en Uruguay e intercambiar conocimiento técnico. Volvimos con mucho más que eso.

Producción de maíz en medio del desierto
Un país que produce donde no debería poder
Lo primero que impacta de Israel es la escala del desafío que enfrentan. Un territorio pequeño, con más de la mitad de su superficie ocupada por desierto, precipitaciones que en el sur no superan los 100 milímetros anuales, y suelos que en muchas zonas son directamente hostiles para la agricultura.
Y sin embargo producen de todo. Cítricos, hortalizas, granos, lácteos, vino. Con calidad de exportación y con rendimientos que en muchos casos superan a los de países con condiciones mucho más favorables como el nuestro.
La explicación no está en la suerte ni en los recursos. Está en la tecnología, en la investigación aplicada y sobre todo en una cultura de trabajo que combina rigor científico con una enorme capacidad de adaptación. Cada gota de agua tiene un uso planificado. Cada hectárea tiene un análisis detrás. Nada se deja librado al azar.

Oportunidad que encontramos: genética de sésamo
El sésamo es uno de los cultivos más antiguos del mundo, con más de 5.000 años de historia agrícola. Es una oleaginosa de ciclo estival, con requerimientos hídricos moderados y una raíz pivotante profunda que mejora la estructura del suelo y accede a nutrientes en capas que otros cultivos no alcanzan.
Históricamente el sésamo tuvo una limitante que lo mantuvo fuera de los sistemas de producción mecanizados: sus cápsulas se abren al madurar y el grano se pierde antes de la cosecha. Por eso durante siglos se cosechó a mano, y por eso quedó relegado a economías con mano de obra abundante.

En Israel nos reunimos con una empresa especializada en mejoramiento genético de sésamo que trabaja en conjunto con la Universidad Hebrea de Jerusalén. Su desarrollo varietal resolvió exactamente ese problema: variedades con cápsula resistente a la dehiscencia, arquitectura de planta uniforme y retención de semilla, aptas para cosecha mecanizada convencional.
Para nosotros eso cambia todo. Contamos con el parque de maquinaria completo para siembra, pulverización y cosecha. No estábamos dispuestos a incorporar un cultivo que requiriera manejo manual. Con esta genética, el sésamo pasa a ser un cultivo perfectamente compatible con nuestro sistema de producción.
Genética específica según destino industrial
Uno de los aprendizajes más interesantes del viaje fue descubrir que estas empresas no trabajan con una variedad única sino con genéticas diferenciadas según el uso final del grano.

Hay variedades desarrolladas específicamente para producción de tahini, con perfil de sabor y contenido oleico particular. Otras optimizadas para extracción de aceite, con mayor rendimiento graso. Otras seleccionadas para uso en gastronomía asiática, donde el color, la uniformidad y el tamaño del grano son determinantes.
Esa lógica de adaptar la genética al destino industrial y no al revés es un cambio de enfoque profundo. Como productores estamos acostumbrados a elegir variedades por rendimiento y sanidad. Acá se suma una tercera dimensión: qué producto final vamos a hacer con ese grano.
El intercambio de conocimiento
Más allá de la tecnología, lo que más nos llevamos del viaje fue la actitud. Encontramos una cultura profesional donde el intercambio de conocimiento es la norma. Investigadores que conversan con productores. Empresas que acompañan al agricultor en el campo durante todo el ciclo. Agrónomos que viajan a ver los lotes de sus clientes en otros continentes.
No es solo vender semilla. Es construir una relación de largo plazo donde el resultado del productor es el resultado de todos.
Esa forma de trabajar es la que queremos replicar acá. Nuestro proyecto de garbanzo Kabuli, que este año sembramos por primera vez a escala comercial en Uruguay, nació de la misma lógica: buscar el conocimiento donde está, traerlo, adaptarlo a nuestras condiciones y compartirlo con quienes producen en la zona.
Los próximos pasos
Estamos avanzando en una prueba piloto de sésamo para la próxima primavera. Diez hectáreas en el lote con mejor drenaje de nuestros campos, con acompañamiento agronómico directo del proveedor de la genética.
El objetivo no es solo evaluar el comportamiento del cultivo en nuestras condiciones. Es entender si el sésamo puede convertirse en una alternativa real de rotación estival para los sistemas productivos de la región, sumando un cultivo con bajos requerimientos de insumos, buen comportamiento en suelos con problemas de compactación y un destino industrial de alto valor.
Los resultados los vamos a compartir, salgan como salgan. Porque el conocimiento que no se comparte no sirve de mucho.